Arquitectura y diseño
Cinco preguntas que hacerse antes de especificar una ducha de exterior
Las reclamaciones casi nunca nacen de un producto equivocado. Nacen de un producto correcto puesto en el lugar equivocado.
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Antes de escribir un código en el pliego conviene plantearse cinco preguntas. No se refieren a un proveedor concreto: se refieren al contexto en el que el producto tendrá que estar, y por sí solas acotan las soluciones sensatas.
1. ¿A qué distancia está del mar? No es una pregunta binaria. El aerosol salino no se detiene en la orilla: viaja con el viento y se deposita incluso a cientos de metros de la costa. Con viento dominante desde alta mar, el AISI 304 no es prudente ni siquiera a pocos kilómetros del agua.
2. ¿Hay cloro? Una ducha al borde de la piscina trabaja en condiciones peores que una ducha en el mar. El cloro ataca al acero inoxidable de forma más agresiva que la sal, y el ambiente de una piscina cubierta es el caso límite. Si hay cloro, el 316 no es recomendable: es necesario.
3. ¿Qué exposición tiene? Una pieza barnizada a pleno sol sufre ciclos térmicos diarios. Cuenta cómo se ha secado la pintura, porque es lo que determina si seguirá elástica o si se agrietará en el tercer verano.
4. ¿Quién la usará, y cuánto? Una ducha en una residencia privada se usa quizá doscientas veces al año. La misma ducha en un beach club hace doscientas en un fin de semana. Cambian los componentes que hay que especificar, no la estética.
5. ¿Quién hará el mantenimiento? Si la respuesta es «nadie», mejor saberlo antes. Existen acabados que perdonan la ausencia de mantenimiento y acabados que no la perdonan: es una información que sirve en fase de pliego, no tres años después.
Ninguna de estas preguntas se refiere al diseño. Las cinco se refieren al hecho de que el diseño, dentro de diez años, siga ahí.